¡Cerrad la boca!

DIFERENCIAS CON ANTERIORES PANDEMIAS

“¡Cerrad la boca!”, una advertencia para evitar las infecciones realizada por los indios americanos hace más de cien años.

Sabemos que los retos que hoy en día enfrentamos con la pandemia de la COVID 19 son enormes. Pero si miramos hacia atrás, a lo ocurrido con otras pandemias que en diferentes momentos de la historia azotaron a la humanidad (incluso alguna operativa en la actualidad, la de la malaria), comprobaríamos dos elementos diferenciales: 1) nunca se utilizaron tantos recursos como los implicados ahora en la batalla contra el coronavirus 2 del síndrome respiratorio agudo grave (SARS- CoV-2); 2) en ningún momento se dispuso de tanto caudal de conocimiento sobre los microorganismos y mecanismos de contagio.


La polémica sobre la causa de los contagios

Sobre este segundo aspecto, el desconocimiento y la inmensa incertidumbre que rodeó históricamente la transmisión de las enfermedades, quiero centrar el breve comentario de hoy. Y para eso no es preciso remontarse a las dantescas epidemias de peste que asolaron Europa en la Edad Media, pues aún en pleno siglo XIX los especialistas discutían la razón de la transmisión de las enfermedades, el origen de los contagios. De hecho, los investigadores estaban divididos entre los que eran partidarios del origen inanimado y los que remitían la causa a otros seres vivos, microorganismos. En la parte inicial del siglo la teoría de mayor aceptación fue la miasmática, que explicaba los contagios como resultado del contacto con “miasmas”, aire corrompido impregnado de emanaciones de materia orgánica en descomposición.

En la mitad del siglo fue ganando presencia la teoría que asignaba a algunos microbios el origen de los contagios. Un cambio total de paradigma, que obviamente, tenía relevantes consecuencias en las medidas preventivas y terapéuticas a tomar, trascendentes para la salud de las personas. No obstante, el avance de la teoría animada chocaba con la dificultad de observar e identificar los microorganismos patógenos y sus mecanismos de transmisión. Fue en las décadas finales del siglo XIX cuando el contagio animado pudo demostrarse, un largo camino para el cual resultaron esenciales la creación de instituciones dedicadas al estudio de los microbios (por ejemplo el Institut Pasteur) y la mejora técnica de los microscopios y sistemas de teñido de las preparaciones.

La Microbiología

En ese recorrido quisiera destacar la aportación de John Snow. No hablamos del protagonista de “Juego de Tronos”, sino de un destacado médico inglés que nació en 1813 y murió en 1858. Snow realizó un estudio pionero, a pie de calle, cuando la epidemia de cólera barría Londres en 1854 y demostró que la dolencia era causada por el consumo de aguas contaminadas con materias fecales, estableciendo las bases teórico-metodológicas de la epidemiología.

En las décadas siguientes se identificaron microbios relacionados con dolencias de notable impacto y se demostró definitivamente la transmisión microbiana de las enfermedades, un proceso en el que resultaron claves figuras como el químico Louis Pasteur (1822-1895) y el médico Robert Koch (1843-1910). Una consecuencia inmediata de esas novedades fue el desarrollo de una nueva materia científica, la Microbiología. Una disciplina que cogió impulso en España la raíz de la contribución de una nueva generación de médicos que, desde los cambios políticos acontecidos en 1868, desarrollaron la “medicina de laboratorio”, destacando, en el plano divulgativo, Ramón Varela de la Iglesia (1845-1922).

En el proceso demostrativo de la transmisión microbiana de las enfermedades resultaron claves figuras como el químico Louis Pasteur (1822-1895) y el médico Robert Koch (1843-1910).

Una opinión pública interesada

Al final del siglo XIX el avance en el conocimiento estuvo acompañado de la irrupción de epidemias. Por ejemplo, en la década final del siglo los periódicos se hicieron eco de numerosos casos de sarampión en 1886, viruela en 1888 o lepra en 1889, junto a los tradicionales brotes de cólera, tifus y rabia. No es de extrañar, pues, que los temas microbiológicos formaran parte de las preocupaciones ciudadanas y los medios recogieran novedades, reales o supuestas, relacionadas con el asunto. De hecho, los periódicos de la época prestaban reiterada atención al microscopio, que pasó a ser el instrumento simbólico de la investigación biológica, y que incluso llegó a convertirse en protagonista en espectáculos realizados en teatros para el público general.

¡Cerrad la boca!

El interés del público y la novedad de la problemática microbiológica derivó a veces en curiosas explicaciones sobre formas de contagio y métodos profilácticos. De una de ellas había querido hacerme eco hoy. Se trata de la noticia que apareció en los periódicos en enero de 1888 y fue atribuida al Dr. Wallace C. Abbott (1857-1921), médico y propietario de una farmacia que ese año fundaría en Chicago la Abbott Alkaloidal Company, hoy los Abbott Laboratories, una potente empresa que opera en más de cien países. Ese galeno se hacía eco de la opinión del viajero George Catlin (1796-1872), pintor estadounidense que se especializó en retratos de nativos americanos. Una muestra de su obra pictórica pudo contemplarse en 2015 en Madrid en las salas del Museo Nacional Thyssen- Bornemisza. Abbott defendía que “abrir la boca sin necesidad imprescindible es el origen del mayor número y peor clase de enfermedades, sobre todo aquéllas que afectan la la garganta y a los pulmones”. Catlin lo expresaba de una manera contundente: “Sí tuviese que legar la la humanidad un lema que resumiese el pensamiento supremo del saber y de la prudencia, escribiría: Cerrad la boca”.

Eliminar los contagios

El pintor-viajero había pasado mucho tiempo conviviendo con los nativos y afirmaba que las enfermedades respiratorias eran sumamente raras entre ellos. Decía que “los indios eran tan cuidadosos en ese punto, que hablaban lo menos posible, y a los niños de pecho les cerraban los labios cuando se quedaban dormidos”. Abbott recogía esa tesis y achacaba al descuido “de esta gran regla higiénica todas las enfermedades de la garganta, la tos, la bronquitis, la tisis, las caries en la dentadura y hasta la expresión abobada de las personas que tienen el vicio de tener la boca abierta” (sic). La propuesta, al margen de su curiosidad y una cierta base, tenía limitado alcance en la eliminación de los contagios. Cerrar la boca sí que ayudaría, en algunas conversaciones y en el caso de determinadas personas, a reducir un tráfico verbal superfluo. En todo caso, el comentario de Abbott-Catlin revela una preocupación lógica y constituye un peculiar precedente de las mascarillas que hoy utilizamos frente a la difusión del coronavirus

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Xosé A. Fraga

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