Médicos que no ejercieron la medicina y optaron por la literatura

Médicos que no ejercieron la medicina y optaron por la literatura

Abundan las personas que, por circunstancias diversas, no desarrollaron la profesión derivada de los estudios que realizaron.

Hoy vamos a centrar nuestra atención en el caso de tres licenciados en medicina que, después de una breve práctica de su profesión, decidieron abandonarla por otras actividades relacionadas con la creación artística. En las que triunfaron.

La medicina perdió a tres profesionales, la literatura y el arte ganaron tres excelentes creadores.


Eduardo Pondal

El primero de ellos es Eduardo Pondal (1835-1917), destacado poeta, autor de la letra del himno nacional de Galicia. Cursó la carrera de medicina en la Universidad de Santiago de Compostela, que finalizó en 1862, y después ejerció como médico de la Armada en Ferrol.

En 1863 opositó al cuerpo de Sanidad Militar y obtuvo destino en Asturias (fábrica de armas de Trubia), pero dejó su plaza y abandonó el ejercicio de la medicina. Tenía veintiocho años.

Pondal había estudiado la carrera universitaria con escaso entusiasmo, su cabeza estaba mucho más atenta a la creación literaria. En su decisión de dejar su profesión influyó esa vocación y una circunstancia material, disponer de un patrimonio que le permitía llevar una existencia digna.

Vivía de rentas agrarias de la familia y sus gastos eran asumidos por el hermano mayor, alcalde de Ponteceso y diputado provincial, Cesáreo Pondal, y, a la muerte de éste por su hermana Pepita.

Sin embargo, el poeta tuvo que retomar la profesión con cincuenta y cuatro años, ejerciendo durante un tiempo en su pueblo natal. La razón no fue vocacional, precisaba dinero para sus gastos.

En el período que actuó comentaban que no fue mal médico, aunque sí algo maniático, pues, entre otras cosas, abría las puertas con un pañuelo para no tocar el picaporte. Tendría “microbiofobia”.

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Alfonso Rodríguez Castelao

El segundo caso es el de Alfonso Rodríguez Castelao (1886-1950), escritor, dibujante y político, muerto en el exilio argentino. También cursó medicina en la universidad compostelana, entre 1903 y 1909. En 1910 se especializó con el doctor Manuel Varela Radío en obstetricia y después se instaló en su Rianxo natal. Allí atendió las diversas dolencias de sus paisanos.

Pero solo aguantó cinco años, en 1915 dejó la profesión. En ello influyó un desprendimiento de retina que tuvo en 1914 y su interés por la labor creativa. En su momento explicó esa decisión con franqueza y rotundidad: «Fíxenme médico por amor a meu pai; non exerzo a profesión por amor á humanidade».

Pío Baroja

En tercer lugar, quiero referirme al escritor Pío Baroja (1872-1956). Inició sus estudios de medicina en Madrid pero, en su período de prácticas en los hospitales, decidió que no le interesaba la profesión. Finalizó la carrera en Valencia y se marchó a Madrid para doctorarse lo más pronto posible, presentando en 1896 su tesis: El dolor, estudio de psicofísica. Comenzó el ejercicio de su profesión como médico rural en Cestona (Gipúzkoa), pero la abandonó pronto, tras un año de escasa actividad.

Baroja tuvo como profesor en Madrid a José de Letamendi (1828-1897), catedrático de anatomía en Barcelona y de patología general en Madrid. Este polifacético personaje llegó a gozar de bastante prestigio en la medicina española. Su libro de texto de Patología General alcanzó mucha difusión en las aulas de las facultades de medicina durante bastantes años.

Sin embargo, sus posiciones tenían escasa base clínica, práctica y mucho de especulación, con residuos vitalistas anacrónicos. En tiempos donde la modernización de la Patología venía de la mano de Ramón Turró, José Gómez Ocaña, Augusto Pi i Sunyer y Juan Madinabeitia Ortiz de Zárate.


Letamendi suspendió por tres veces a Baroja y este se vengó en su novela El árbol de la ciencia. En ella aludió, con sarcasmo, a su anacrónico profesor:

“Letamendi era un señor flaco, bajito, escuálido, con melenas grises y barba blanca. Tenía cierto tipo de aguilucho, la nariz corva, los ojos hundidos y brillantes (…) En San Carlos corría como una verdad indiscutible que Letamendi era un genio; uno de esos hombres águilas que se adelantan a su tiempo; todo el mundo le encontraba abstruso porque hablaba y escribía con gran empaque un lenguaje medio filosófico, medio literario (…) Por dentro, aquel buen señor de las melenas, con su mirada de águila y su diletantismo artístico, científico y literario; pintor en sus ratos de ocio, violinista y compositor y genio por los cuatro costados, era un mistificador audaz con ese fondo aparatoso y botarate de los mediterráneos. Su único mérito real era tener condiciones de literato, de hombre de talento verbal”.

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Xosé A. Fraga

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